Adoro mi ciudad, y cuando nos dijeron que tendríamos que retratar la realidad desde nuestros ojos inmediatamente pensé en plasmar la belleza del amor en Valdivia.
El propósito sin duda es resaltar la belleza de una ciudad enamorada, joven y otoñal, desde los ojos de los que, desde afuera observamos: meros espectadores.
Valdivia se enamora los fines de semana
El ejercicio práctico de la observación, creo, lo hacemos todos, quizás sin darnos cuenta. Es inevitable que el mundo interior nos absorba en los momentos donde reina nuestro silencio. Sin embargo, vivo cierta sinergia de lo interior y exterior cuando voy sola por Valdivia y camino rodeada de tantas vidas simultáneamente. Las posibilidades transcurren de la mano de la incertidumbre, y la vida de las personas que caminan con frío, apresurados o muy emocionados, me son absolutamente desconocidas y tremendamente familiares.
El mundo no se detiene y el frío nos invade, mas todo continúa. Voy en micro y trato de que el paisaje que escapa– o más bien, que nos persigue a través de la ventana– me traiga algo de calma. Valdivia, se dice, es una ciudad joven, “ciudad universitaria”, y eso ya la vuelve mil veces más interesante. Lugares como la plaza o la costanera se tiñen de colores plasmados en distintos tipos de cabello, de actividades, ropa y música. Caminar por la costanera implica esquivar pequeñitos en bici, skateboards o patines; música que se propaga como queriendo escapar de sus parlantes, y comida y risas y viento y a veces lluvia.
La juventud, en su esencia, experimenta el amor de una manera bastante particular en Valdivia. Los lugares icónicos llevan aglomeraciones de todas las edades: los imperdibles como el parque Saval, botánico, costanera, son las zonas a las que uno puede acudir en búsqueda de cualquier tipo de registro sociológico. Me siento en el sector de la Teja, en la baranda de un estacionamiento. El otoño nos rodea, pinceladas de verano a penas se distinguen en las hojas que muchos pisan sin mirar, el frío bello que se escurre en cada hoyito que se encuentre entre las parkas y los gorros. Hay bastante silencio, Valdivia en el sector de la Teja sólo es viento ocasional y autos apurados, sin embargo, de pronto, algo disrumpe esa calma, y qué alegría haber estado ahí para verlo. Un sonido de latas arrastradas chocando contra la calle llaman la atención, y pasa un auto vestido de serpentinas moradas que flamean como victoriosas. “Recién casados” casi pude sentir la felicidad plasmada en cada una de esas letras escritas en la ventana trasera del auto. ¿Habrá algo más romántico?
Permítanme recalcar que esta observación transcurrió en varias etapas de la semana, lo relatado anteriormente tuvo cabida un sábado por la mañana, día de relajación y felicidad. Lo siguiente viene a formar parte de un miércoles por la tarde y un lunes. Pareciese una distinción irrelevante, sin embargo, incluso podemos determinar cuál es cuál por la naturaleza de las interacciones, que pasan de sonrisas despreocupadas, a caminatas apuradas y terminar con roces ocasionales por la presión de los deberes. Valdivia vive el amor más romántico los fines de semana, y se disipa a medida que esta avanza para volver a lo mismo.
Miércoles en la tarde, va la micro por el centro y percibo la abrumadora cantidad de vidas ocurriendo al mismo tiempo, pienso cómo un día neutro para mí, pudo ser el peor día de la vida de alguien más, o el más emocionante, y yo simplemente camino a su lado sin tener idea. Me lleno de preguntas sobre cada una de las vidas que vienen y van como en un parpadeo. Algo capta mi atención, y a pesar de no ser día de paseos, el amor en Valdivia no se diluye del todo. Una parejita de adolescentes caminan apurados como si la urgencia ansiosa les pisara los talones: ella lleva un ramo de flores. ¿A dónde están yendo? ¿Van apresurados porque el tiempo juntos se acaba? ¿Él tiene que llegar a algún lado? Quizás ni se dan cuenta de que aparentan prisa. La micro ya avanzó varias cuadras.
Vistazos fugaces de lunes: la niña que se aferraba a su amigo bajo el techo del paradero; una pareja colorida, chica alta con chaleco rojo y naranjo y su chico, a su lado, más bajito, con parka oscura; la pareja de rulos, ambos chicos llevaban parkas iguales, una blanca y otra negra. Entre muchos ejemplos más, el amor en Valdivia vive toda la semana, y se potencia en los paseos por sus bellas calles los días sábado y domingo. Recorren, toman fotos y se ríen, como si estuvieran solos en el mundo. Me parece fascinante la costumbre: lo casual de los roces de sus manos heladas, eso de caminar un poquito más cerca que con un amigo. La manera en que su felicidad se percibe incluso si han ido a la plaza mil veces, como si el amor permitiera encontrar siempre más cosas hermosas. Quizás eso es lo increíble, el mundo debe verse distinto si te sientes así de completo, y en una ciudad como en la que vivimos, pareciera que todos deberían tener la oportunidad de sentir que toda la belleza fue creada para ellos.
Pasan las micros, llueve, caen las hojas, se disipan las nubes, y yo sigo aquí, escucho mis pasos. Observo, me deleito, imagino los desenlaces de tantas hipotéticas historias, y camino sola a mi destino.