Carta a conceptos
Este texto es la parte final de un proceso de dos etapas sobre la epístola, es como la hermana mayor de una carta que escribí en quince minutos.
Pretendo mantener en secreto el destinatario de esta epístola, sin embargo, quiero creer que si no parece evidente, que al menos en el fondo, todo el que lo lea sienta el rencor que quise transmitir y resuene con sus propios males.
Querida inminente señora:
Puede que mi nombre o mi rostro le sean desconocidos, o por el contrario, enormemente familiares. Yo a usted la conozco de bastante cerca, he conocido su actitud frente a personas valiosas y que deseo nunca hubieran cruzado camino con usted, perdóneme si percibe cierto rencor en mis palabras, en el fondo, señora, únicamente es el escudo del miedo.
Se preguntará probablemente qué hace una persona que quizá ni conoce, escribiéndole. Pues, uno desconoce el impacto que nuestras acciones pueden tener en el resto, e indirectamente usted me ha hecho, y hará, mucho daño. Quizá mi juventud nuble mi percepción de su naturaleza, he conocido personas que no la resienten como, creo, deberían, sin embargo solo tengo lo que pienso y por ahora no se me ha presentado ningún argumento que cambie mi percepción de su ser.
¿Quién soy yo para hablar de quién es usted? Si lo estima conveniente puede desechar este mero desahogo, pero busco cierto consuelo en pensar que algo de introspección queda en un ser tan absoluto e intransigente.
En mi poca experiencia de vida, usted apenas adquirió importancia recientemente, cuando el cielo y las nubes dejaron de ser un misterio, y sólo quedó aquella casita al final de los caminos, donde veía a una señora imponente y tozuda; firme y seria; rígida y despiadada.
Es curioso cómo se acepta la brutalidad con la que usted trabaja: debilitando a todo aquel que amistosamente se acerque a sus terrenos, quebrando sus fortalezas, sus sueños, sus proyecciones; limitando todo sistema de experiencia de este mundo. Me parece inaudito que aun siendo conocida por todo el pueblo, siga recibiendo visitantes, ¿esperarán que de pura suerte sea usted un poco amable con ellos? ¿Un poco humana, por casualidad? O los tontos que se cruzan sin siquiera haber escuchado las advertencias, sin haber tomado precauciones o atajos que alarguen, un poco aunque sea, su ruta.
Aborrezco sus reglas, ¿por qué tendríamos que dejar de correr y saltar, si su casa es otra como cualquiera? ¿Qué la hace pensar que es tan superior al resto? Entiendo que esto debe ser inentendible para una mente tan cerrada como la suya, y si pudiera planear una rebelión, lo haría, nadie más parece interesado en enfrentarla, pareciese que todos sólo tratan de evadirla, resignados a que algún día, por accidente, tocarán su puerta.
He oído de sus amigos un argumento detestable: que todos viven un poco más atentos desde que “la señora” llegó al pueblo. Que nunca había habido tanta intención de encontrar cada detalle en las cosas del ambiente, las personas observan cada pétalo de las flores y respiran lentamente para recordarlo si algún día caen en manos de la despiadada. A todo aquel que vea aquello como algo necesario, amablemente necesito decirle lo equivocado que está. La vida tenía más sentido cuando vivirla al máximo era una decisión, no una obligación.
Escribo esta carta con anticipación, porque le quiero expresar muy claramente una cosa: no me atrapará volando bajo, y escaparé de sus maltratos y absorbentes engaños. Correré de usted cuanto mi energía me lo permita, y si llega el día que nos encontremos frente a frente, tendré la absoluta certeza de que yo sí luché por escapar, que no me rendí frente a lo intransigente, que por poco burlé el inherente rumbo, aunque su casa, querida vejez, sea el destino de todas las rutas y la piedad no sea lo suyo.
He de suponer que su eternidad le ha brindado cierta sabiduría que no puedo comprender, yace ahí mi esperanza de que estas palabras puedan significar algo.
Saludos cordiales, Sofía.