Esta lectura para mí fue bastante particular, empezó como una inocente recomendación para pasar el rato...quizás esa misma inocencia propició el impacto que este relato tuvo en mí: no se espera gran profundidad de una historia con una pequeña que ama actuar las películas que ve.
La sensación que este libro transmite fue muy especial para mí, me hizo reflexionar sobre mis vínculos, y el ejercicio de creación de este ensayo me dio la maravillosa oportunidad de desenterrar poco a poco las capas que un libro tan breve y "simple" puede disimular.
Una lectura ligera, entretenida, profunda y dolorosa. Al menos para aquellos que logren conectar, o quizás ese día andaba muy sensible...nunca lo sabremos.
La condena de los vínculos rotos
Cuando se habla de destino, no se suele realmente dimensionar su magnitud: la idea de que cada paso que se da, incluso que cada tropiezo fue diseñado meticulosamente antes de que pasara suena absurdo, es mucho más cómoda la idea de que cada persona tiene la maravillosa oportunidad de una ruta virgen frente a sus pies, lista para trazar sus pasos, con irregularidades únicas y propias de lo irrepetible; únicamente ganando o perdiendo en dependencia del criterio y buen pensar. Finalmente la ausencia de respuestas entrega a todos la oportunidad de elegir qué creer, y regir su vida completa bajo el pensamiento que les plazca. Todos poseen dicha posibilidad…qué injusto sentir, entonces, que la ruta recorrida por la familia de María Margarita haya sido tallada a precisión, como arrebatándoles su libre albedrío en el momento en que su madre los abandonó: condenándolos a todos a recorrer distintas rutas con el mismo final decadente. La sensación de esperanza se traza en un vaivén de inestabilidad porque los personajes nunca realmente superan ese acontecimiento, y la situación que viven día a día no es particularmente óptima tampoco ¿Víctimas de lo inevitable por el contexto? ¿O del cruel destino?
A lo largo del camino que se recorre rápida y ligeramente al realizar esta lectura, se genera un vacío emocional profundo. Lo cierto es que la pobreza retratada, el ambiente, el estilo de vida, parecen simplemente representar las distintas dimensiones que el abandono puede adquirir, todo en uno. El accidente que sufre el padre es equivalente a su muerte, o al menos la muerte de su rol, y este suceso provoca –en lo que a la familia respecta– la “muerte” de la madre. El padre, junto con su independencia física, pierde su papel de autoridad y de protector. Este abandono metafórico por parte del padre pareciese ser tan importante como aquel literal de la madre. No existe mención de un apellido familiar, los niños son únicamente llamados por sus nombres, una sutileza susurrando esta absoluta soledad emocional: el padre está presente, sin embargo, los roles fueron completamente invertidos cuando sus hijos percibieron su inestabilidad emocional, y perdieron igualmente, todo rastro de su inocencia infantil.
La condena compartida de los cinco hermanos llega a trazarse muy sutilmente, como una felicidad inestable con tropiezos leves y como inminentes sufrimientos característicos del ascenso demasiado veloz: María Margarita vivió su auge tan prontamente como lo perdió. Esta fascinación por el cine nos habla sobre el vínculo con su madre y la necesidad de olvidarla. La sensación que evoca siempre es de melancolía dolorosa, como un recuerdo lejano, o una película vieja que se desvanece poco a poco. Las vidas que retrata en sus actuaciones pueden generarle esta satisfacción de finalmente escapar de su situación, de poder ser alguien más, alguien feliz, alguien que no fue abandonado. La pequeña constantemente le recuerda al lector su tristeza de las maneras más tiernas y desgarradoras: “Cuando ella nos abandonó (...) yo me llené de piojos blancos. Las vecinas decían que esa clase de piojos salían con la pena. Y como la pena era por mi madre, comencé a comerme los piojos de puro amor hacia ella” (Rivera Letelier, 2009 p. 67). Esta pequeñita salía adelante con una actitud tan madura cada vez que actuaba, sólo para hacer feliz a su familia, y por las noches volvía ser una niña que llora porque extraña a su mamá.
María Margarita estaba completamente vulnerable frente a la maldad del mundo, y cada letra repasada parece gritar lo inevitable, y restregar cruelmente el hecho de que no se puede hacer nada para ayudarla. Es como observar una pequeña criatura corriendo hacia un acantilado y no tener voz o cuerpo para ir en su auxilio. No podemos salvarla. Y esa impotencia es crucial para conectar a cuerpo y alma con su dolor, o con el dolor que sentiría una madre al ver a su pequeña sola en el mundo. Generando el reproche: ¿cómo pudo abandonarla?
Antes de juzgar, hay que recorrer los pasos de María Magnolia, la madre. Los siete integrantes de la familia vivían felices y en armonía. María Margarita menciona “el ritual de prepararse para ir al cine” (Rivera Letelier, 2009 p. 21), pues tenían como costumbre ir todos los fines de semana a ver películas. Esta tradición se pierde cuando el padre sufre un accidente que lo deja paralizado de la cadera hacia abajo. El término de esta tradición, además, apunta hacia el punto de quiebre, figurativamente para el lector y literal para ellos. La madre abandona a su familia, probablemente, por la inminencia de los problemas y por el cambio rotundo en su estilo de vida. Esta es una actitud reprochable, sí, sin embargo es imperativo comprender igualmente las circunstancias que ella vivió por la época. La personalidad de María Magnolia se caracteriza por ser volátil, da la sensación, en los relatos de María Margarita, que su madre era como un pajarito precioso, tan difícil de encontrar, como fácil de perder. Menciona su belleza y carisma, “Por qué conformarse con ser luciérnaga, digo yo, pudiendo ser estrella” (Rivera Letelier, 2009 p. 31) su madre tenía un espíritu libre y su vida recién comenzaba: tenía veintiséis años cuando se fue. Tuvo su primer hijo a los catorce, cuando Medardo, su esposo, tenía treinta y nueve años.
El paralelismo de María Magnolia con su hija, genera muy sutilmente que el lector empatice con ella, o al menos la comprenda en el fondo. Es difícil culparla absolutamente: ella también fue una pequeña a la que le arrebataron su niñez, su condena como mujer la alcanzó antes de que siquiera ella comprendiera quién era, terminó de crecer ya estando casada y con hijos. El hacerse cargo de toda su familia implicaba ataduras absurdas, ¿por qué ella debería continuar con su rol si él ya no lo haría? Ella eligió su libertad cuando pudo, ¿quizás cuántas veces habría deseado tener esa oportunidad? Esto no significa que fuera la decisión más correcta, más adelante se entenderá esto. El reproche viene a ser innecesario teniendo en cuenta su contexto, por supuesto que no se pueden valorar las circunstancias desde una visión moderna: todas las rutas trazadas tienen, en su recorrido, posibilidades predeterminadas por la época.
Finalmente se puede degustar un amargor en boca, como una lejana sensación de impotencia ajena, sobre todo cuando se evidencia que no hay más a quien culpar, que a las circunstancias. Todos en la familia fueron víctimas de su contexto, agravado por sus condiciones económicas, y en el caso de María Margarita y su madre, por ser mujeres. Las vidas que se desdibujan fugazmente en las poquitas páginas de este bello libro, enmarcan perfectamente los trazos sutiles que va dejando el destino: huellas de inminencia, y quizás, accidentalmente incluso la herencia de una condena compartida por madre e hija, aquella que termina inevitablemente en tragedia. La cruda realidad de una época, hermosamente convertida en un relato, que invita al lector, en lo más profundo de su subconsciente, a reflexionar sobre el triste final de una vida que parecía tan simple, pero tan prometedora: empezando con generar esta ilusión sobre una niña de once años, quien tenía un peculiar talento para contar películas, y cuya luz se va desvaneciendo poco a poco como la de los cines antiguos a medida que el relato va llegando a su fin. La desesperanza pareciese ser el ingrediente oculto, pero siempre presente, en la historia, casi como un mensaje subliminal de no haber escape: la condena entrelíneas de María Margarita le pisa los talones todo el libro…hasta que inevitablemente la termina alcanzando.