Llevo tiempo analizando y dándomelas de socióloga para observar los comportamientos de las personas en mi vida, particularmente aquellas que valoro enormemente y aquellas que no tanto, junto con los motivos de esto.
Es por eso que creé un concepto: ser orgánico. Fui puliendo este concepto y comentándoselo a personas en mi vida que son muy importantes para mí, de a poco esto fue creciendo y, un día, por probar, quise redactarlo como los textos de filosofía que me tocaba leer en cuarto medio.
Básicamente una corriente filosófica que me inventé en base a mis ideas y experiencias, puede parecer absurdo, pero sigo fielmente en mi vida esta corriente.
Siéntase libre de juzgarla, escucharla, quizá hasta tratar de entenderla, y así, llegar a conocer una parte muy importante para mí.
La organicidad como concepto cotidiano y fundamental
Sea orgánico aquel individuo que, bajo el paraguas personal del sujeto adherente al movimiento, reúna una serie de cualidades que impliquen, en primera instancia, un balance inclinado a mayor aspectos positivos, es decir, que los defectos existentes puedan contrarrestarse con facilidad. Como aspecto general suena sencillo, es en profundidad cuando el concepto se complejiza y amplía enormemente: la organicidad va a depender del individuo receptor/analítico, dada su inherente subjetividad de percepción; esto llevará severas implicancias de evaluación, siendo ellas dependientes de la mera exigencia del individuo, los “estándares” morales que maneje; la rudeza y valentía para saber identificar a plenitud si la persona a evaluar pueda ser realmente apta para los abstractos requisitos de la organicidad. Por otra parte, siendo utilizado el concepto con un fin social, también ha de ser una herramienta útil y moldeable: el seguimiento estricto de las exigencias va a ser determinado acorde a lo que cada persona pueda desear; siendo posible obviar algunas de estas y aún así poder caber levemente en esta sensación de organicidad.
Esta identificación de cualidades ha de ser arbitraria a conveniencia del individuo, sin embargo, para establecer una clara imagen de referencia, puedan ser cualidades valorables— en el ámbito tanto amistoso como romántico—aquellas que generen una certeza de organicidad, siendo estas, por ejemplo, la honestidad, lealtad, firmeza moral, introspección, humildad, nobleza. Por el contrario, criterios fácilmente distinguibles para “descalificar” individuos de la posibilidad de caber en el concepto de un ser orgánico serían la hipocresía, egocentrismo, terquedad, autopercepción distorsionada, bajo interés introspectivo, excesivo dramatismo, ira, orgullo; y la incapacidad de reconocer errores como principal aspecto definitivo descalificante.
Parece una obviedad dicho listado de cualidades y defectos comunes, sin embargo, pocas veces nos encontramos realmente pesando el impacto que el entorno pueda tener en nuestra propia organicidad, precisamente por los estándares morales que construyen: difícilmente el individuo rodeado de egocentrismo y orgullo, valore—o siquiera conozca— la humildad, la nobleza. Sesgo de realidad, ¿cómo saber de lo que nos estamos perdiendo? Sea esta herramienta útil para distinguir quienes valen la pena y rodearse de quienes, a su criterio, llenen este concepto de seres orgánicos, quienes, finalmente, en búsqueda de comprobar el método presentado, resulten en aportar aspectos positivos al individuo receptor y en su crecimiento personal recíproco.
Entiéndase la organicidad no como una equivalencia a una superioridad moral o intelectual, sino como una mera aspiración fruto de un trabajo introspectivo y reflexivo: la organicidad busca un crecimiento personal interno referido a las expectativas de cada individuo, siendo este uno de los principales requisitos para empezar en el camino a ser orgánico.
Hamartia
Dentro del concepto, a pesar de su subjetividad, se pueden establecer ciertas bases que determinan esta aptitud de ser orgánico. Utilizando el concepto de hamartia nos referimos a ciertas características que inmediatamente le permiten al individuo receptor detectar a una persona no orgánica. Pudiendo haber incluso, ciertos defectos “aceptables” por ser de menor gravedad o fácilmente mejorables—entendiendo que la meta es acercarse a esta idea de organicidad lo más posible—.
En palabras simples, si un individuo tiene diez características que lo definen y siete de ellas son positivas, posiblemente pueda ser orgánico, sin embargo, si una de esas tres restantes quiebran rotundamente el esquema de moralidad establecido por el concepto, aquel defecto puede ser su hamartia que lo exenta de la posibilidad de ser orgánico, al menos en ese preciso momento y si es que nunca llega a mejorar. Para aclarar esta imagen, se establecerán características dentro de la perspectiva subjetiva del autor del movimiento: para él, la arrogancia—hasta cierto punto—puede ser perdonable de ser acompañada de bondad, lealtad u honestidad, comprendiendo que esta debe ser identificada y en lo posible mejorada. Matemáticamente, quizás aquel individuo hipotético sea un 30% orgánico (cifra arbitraria mínima para ser calificado como tal, de ser menor, no se considera). Por otra parte, una persona hipócrita, por más firmeza, bondad, simpatía o humildad, no será considerada orgánica por violar el valor fundamental de ser consecuente y honesto.
Esto también puede aplicarse de forma inversa: ciertas actitudes o cualidades son sumamente valiosas e inmediatamente te acercan a la organicidad, como lo sería la humildad, la autopercepción, nobleza e intención de mejoría. Aquellos aspectos, sin importar los defectos que un individuo pueda poseer, ya lo acercan a su esencia orgánica.
Entiéndase aquellas características dentro de un marco de decencia humana, actitudes inherentemente malvadas no se consideran mencionar por su obvia naturaleza inorgánica.
Mundo interior
Sea entendida la ruta a la organicidad como un proceso personal sumamente introspectivo, reflexivo y extenso, esto implica evidentemente una serie de condiciones que vuelven apto a los individuos para ser parte de aquel proceso. Todos los seres humanos pueden ser orgánicos, mas, algunos quizá se encuentren distantes al concepto o lo vean como una mera inutilidad filosófica pretenciosa. Entendiendo que la base del movimiento propicia un desarrollo interno que debería favorecer enormemente a todos los individuos que participen, es elemental comprender lo que este concepto llega a implicar. A diferencia del nihilismo, la organicidad considera el funcionamiento de la sociedad como su brújula inherente, pues llega a ser utópica la idea de que cada persona se desentienda del sistema que nos rige hace ya milenios. Esta es otra cosa, al considerar todo como algo social y comúnmente olvidando el trasfondo biológico que ciertas actitudes comúnmente aceptadas implican. La sociedad y por lo tanto, la moral, toma de referencia aquellas actitudes que provenían innatamente de quienes la conforman. Retomando, la organicidad, con su brújula moral de la sociedad, evaluará ciertos conceptos como “buenos” y por lo tanto emprenderá su ruta en relación a esto. Para quienes vean la subjetividad en este trillado concepto, se entenderá lo bueno como una acción o característica que, dentro de lo posible y en su mayoría, beneficia sin generar perjuicio a otros, en caso de existir daño, existirá intención de mejoría.
El mundo interior es uno de los ejes fundamentales para la organicidad: no existe intención de mejoría sin haber introspección; no existe entendimiento sin haber reflexión. Hemos de asumir que, como seres pensantes, todos poseemos un mundo interior; una voz interna que cuestiona, reflexiona, busca, comprende. Sin embargo, el tiempo que le demos a esa voz va a generar una diferencia abismal en la ruta a ser orgánico. El desarrollo del “alma” ---sin ahondar en su significado más que coloquial— va a suscitar una voz interior más compleja y por ende un entendimiento de la vida y sus interrogantes, elementos que inevitablemente llevan al cuestionamiento del yo, y —-si se tiene una noción moral considerable— a desarrollarnos hacia nuestra mejor versión, en el caso de las ideas de este movimiento, a ser orgánicos.
La organicidad no tiene un límite tangible, y es precisamente aquello lo que crea su fascinante esencia, pues esta búsqueda de mejoría constante incluso puede llegar a servir uno de los principales propósitos de la humanidad: darle un sentido a la vida: tratar de perfeccionar nuestra forma de enfrentarnos a la vida para, así, sacarle el máximo provecho a esta experiencia puede ser un fin perfectamente lógico—entendiéndose como un complemento a muchos otros, o más bien, como la base que permite el alcance de ellos—.